“Navega mar adentro”

(Lc. 5, 1-11) 

  1. El Pueblo Fiel

 

  Como en la narración del Evangelio, aquí estamos hoy también nosotros reunidos multitudinariamente ávidos por escuchar a Jesús, por oír su Palabra.

  Nos sentimos, más que nunca, Pueblo Fiel de Dios. De este Pueblo serán sacados los discípulos de Jesús para seguir su obra. Los discípulos salen de nuestro Pueblo, el Pueblo de Dios, pero siguen formando parte de él. Como en la narración evangélica, también hoy nosotros nos contagiamos el fervor por oír a Jesús y esto nos impresiona y nos cohesiona interiormente como Pueblo. Es propio del Pueblo de Dios cohesionar al apóstol, o a un grupo o movimiento apostólico, a una comunidad.

  La escena sigue de la manera siguiente: “...vio dos barcas que estaban en la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre” (Lc. 5, 2-3). El Señor comienza pidiendo un favor a Simón simplemente para enseñar con más comodidad y Simón no tiene inconveniente. Ni se imagina lo que vendrá después, la pesca milagrosa y la vocación explícita a ser pescadores de hombres. Muchas veces Dios comienza su acción en nosotros como pidiéndonos un favor, pero en realidad en sus planes está él hacernos él mismo el favor de llamarnos a su servicio.

  Servir al Señor en su Pueblo es nuestra gloria. 

  1. “Navega mar adentro”

 

  “Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: ‘Navega mar adentro, y echen las redes”. (Lc. 5, 4).

  Aquí  comienza propiamente la acción del Señor, la acción de Dios, sobre los discípulos. Les manda simplemente internarse en el mar y echar las redes.

  Muchas veces a nosotros mismos nos está pidiendo lo mismo. Mar adentro implica irse de donde uno está instalado; “Navegar mar adentro” es abandonar seguridades; es abrir horizontes de nuevas esperanzas.

  Navegar mar adentro es comprometernos con nuestra historia, la de nuestro Pueblo.

  Navegar mar adentro es, en definitiva una acto de Fe tal como lo fue para los discípulos del Evangelio.

  Simón opone una breve resistencia tanto a ir mar adentro como a echar las redes: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero en tu palabra, echaré en las redes” (Lc. 5, 5). “En tu palabra”, o sea, confiado en Jesús. Hay en Pedro la fe que está en la base de toda vocación. No podría haber sido Pedro llamado, como lo fue a continuación, si no hubiera habido en él esta fe de base que le fue dada por gracia del mismo Señor y que él sin duda se había ocupado de alimentar como tantos otros de los oyentes de Jesús dentro del pueblo Fiel. 

  1. La divinidad del Señor

 

  Y se produjo el milagro. Sacaron tal cantidad de peces que las redes ya se rompían y las barcas se hundían.

  Jesús nos muestra como a sus discípulos que Él es Dios, porque solamente Dios puede hacer cosas adonde no llegamos por nuestras propias fuerzas y solamente Él llega a donde nos es imposible llegar a nosotros.

  Simón Pedro comprendió esta manifestación de la divinidad del Señor y por eso postrándose a sus pies dijo:

  “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc. 5, 8).

  La manifestación de Dios en nuestras vidas, el conocimiento interno del Señor, es lo que nos revela nuestro pecado, ya que a nuestro pecado no podemos llegar por nuestras propias fuerzas sino que el conocimiento de que somos pecadores surge por contraste con el conocimiento que nos es revelado de Dios. Y precisamente este asombro ante Dios es el que nos hace sentir el llamado como llamado, pero no con triunfalismos humanos sino con una humildad como la que aparece en Simón Pedro.

         José Gabriel Brochero expresa ante su pueblo esta experiencia con un Coloquio a Jesucristo crucificado al final de su plática “De dos banderas” y dice así:

         “Jesús mío, no me atrevo a poner mis ojos en el estandarte de la Cruz, porque en ella veo que nunca te he seguido que nunca te he acompañado en las batallas, que toda mi vida prescindiendo de los pocos días de inocencia he militado bajo la bandera de Lucifer, que toda mi vida he ansiado los sueldos de Lucifer:  porque tú eres humilde, y yo soberbio y ambicioso, tú obediente yo indócil y caprichoso; tú pobre, yo codicioso de las riquezas; tú te afanas por la salvación de las almas, y yo paso por la vida en el ocio sin haber salvado un alma, antes sí perdido muchas con mis escándalos; tú ayunaste en el desierto, y teniendo sed en la cruz bebiste hiel y vinagre, y yo estoy lleno de apetitos sensuales, y sólo busco el deleite, y me entrego a la gula; tú estuviste en la oración, y yo en la disipación; tú eres manso, y yo soy duro con los pobres, impaciente con los que están atribulados y áspero con todos; tú desprecias al mundo y condenas sus máximas, y yo estoy sometido a ellas, y avasallado por las ideas del siglo; tú fuiste ultrajado escupido, abofeteado, y llagado, y yo vivo en el regalo lleno de comodidades y siempre ansioso de deleite; tú fuiste acusado y no abriste tu boca para quejarte de tantas calumnias y falsos testimonios, tantas afrentas y tantos escarnios, y yo no puedo sufrir el menor agravio sin quejarme, y a veces sin vengarme, o sin desear venganza.

                Mi capitán Jesús, bien veo ahora que no he militado bajo el estandarte de tu cruz, sino bajo el estandarte de Lucifer. Bien merezco que tú también me vuelvas la espalda, y me arrojes de tu servicio;   pero ya que tu bondad quiere vencer mi ingratitud y llamarme de nuevo como lo haces ahora: aquí me tienes pronto a ejecutar tus órdenes y militar bajo tu cruz. Escojo antes padecer contigo, que gozar con el mundo. Alistarme entre tus más valientes soldados, y armarme con el escudo poderoso de tu gracia, para alcanzar victoria no sólo de mis enemigos, sino de mi mismo y reinar contigo en la gloria.” 

      Los discípulos en el pasaje evangélico que estamos meditando se vieron poseídos de un asombro insospechado momentos antes cuando estaban con toda la gente escuchando las palabras de Jesús. Navegaron con Él mar adentro y allí se les manifestó como Dios en la pesca milagrosa. Por esto la vocación que les viene enseguida, el llamado explícito a seguirlo, es precedida por una palabras de consuelo y fortaleza: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres” (Lc. 5, 10). El “No temas” es repetido muchas veces en las apariciones de la Resurrección.

  Y hoy a nosotros, a cada uno en su corazón, le dice el Señor: “Navega mar adentro, echa las redes... no temas que serás pescador de hombres.” 

Denles de comer ustedes mismos

( Lc. 9, 10-17) 

  1. La “compasión” de Jesús

 

  Como hoy nosotros, el relato del Evangelio pone de manifiesto que la multitud busca a Jesús, que la gente no lo deja al Señor: “Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos” (Mt. 14,14). Gente que en cuanto supo que el Señor iba cruzando el lago, salieron de las ciudades y lo buscan para escuchar su palabra, lo buscan para curar sus heridas, para recibir el perdón de sus pecados. Y Jesús fiel a su misión, no se hace a un lado, no se escabulle, no se disculpa, no posterga el encuentro. Los atiende, los cura, los escucha, los consuela, está todo el día con ellos. Se olvida, de sí mismo. Pospone su propio interés, al interés o a la necesidad de los otros, de aquella gente. El corazón compasivo y el gesto solidario de Jesús revelan el rostro de Dios Padre y Pastor, “rico en misericordia” (Ef. 2,4).

  Cuando llega la tarde, se acercaron a Jesús los Apóstoles y le dijeron: “Despide, a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de alrededores en busca de albergue y alimento porque estamos en un lugar desierto”.  

  1. La despreocupación de los Apóstoles

 

  La despreocupación de  los discípulos antes las carencias de la multitud contrasta con la compasión de Jesús.

  Es cierto que se planteaba una situación de grave necesidad, y que no se podía prever una solución que no viniera del poder de Jesús. Pero los discípulos solo intentaron distanciarse del problema de la gente. Jesús les ordeno entonces algo que para ellos sonaba como imposible de realizar: “¡Denles ustedes mismos de comer!”.

  El Señor no aceptó la actitud evasiva de sus discípulos. Todo lo contrario exigió que ellos se mostraran compasivos y solidarios con las necesidades de la gente, aun cuando esto los colocara en una situación por encima de sus pobres fuerzas humanas. El Señor ha querido necesitar la cooperación responsable de los hombres para realizar su obra.

  Quedó establecida así una norma de conducta que tiene como modelo al mismo Jesucristo y que deberá ser la característica que identifique a todos los discípulos. El Señor cumplió lo dicho por el profeta “Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades” (Is. 53,4).

  Los discípulos no deben buscar su propio interés sino el de los demás; deben sentir como propias las necesidades de los otros. 
 
 

  1. La “desmesura” del Evangelio.

 

  La reacción de los discípulos es inmediata y tremendamente lógica y además muy sincera esta vez: “pero Señor, no tenemos nada más que cinco panes y dos peces...”. Y el Señor los desconcierta: “¡Tráiganmelos! ¡Háganlos sentar! en grupos de cincuenta”. Eran alrededor de cinco mil hombres. Y a continuación, el milagro: los panes y peces bendecidos y entregados a los discípulos que se multiplican entre sus manos, y con abundancia de Dios.

  Esta queja frente a la desproporción de la misión recibida y mis fuerzas, entre la multitud inmensa de hambreados y mis poquitos panes y peces, recorre toda la historia de la salvación y la nuestra: es

   la “desmesura”, del Evangelio.

Hoy nosotros somos llamados a vivir esta desmesura.

  Las  desmesura del amor a los más pequeños, de la búsqueda incesante de la oveja pérdida, de la misericordia y la ternura del papá del hijo pródigo, del perdonar setenta veces siete y sin condiciones, del echar una vez más las redes cuando todo parece inútil del ofrecer los poquitos panes y peces para lo que Dios quiera, del sembrar empecinadamente aunque gran parte caiga al borde del camino, del acompañar dos kilómetros al que nos pidió que lo hiciéramos por dos cuadras, del “bajarnos del caballo” al “tirado a la puerta de la ciudad” y llevarlo hasta la posada, y preguntar por el a la vuelta cubriendo los gastos nosotros, del agacharnos y lavar los pies heridos de los que Dios puso al lado nuestro, del vivir con una sola túnica y un solo par de sandalias, del dar la vida por los amigos.

  Pero esta desmesura no es un invento nuestro ni un a utopía irrealizable. Tenemos el testimonio de nuestros santos que nos animan.

  El Cura Brochero vivió gozosamente el misterio cristiano. No sólo aceptó la doctrina de Cristo, sino que aceptó a Cristo. “Vivía según la fe”, y supo inculcar a su pueblo ese espíritu de fe. Como hombre “santo” hundió el milagro de su vida en el silencio sobrenatural de la humildad.

   Su metodología fue comprender el ambiente para dominarlo y transformarlo. Se lanzó en nombre de Dios a lo desconocido, lo dominó en nombre de Dios y lo transformó para Dios.

  ¿Quién sino el Cura Brochero pudo descubrir que el hombre criollo de la sierra podría vivir el propósito y la aventura de ocho días de Ejercicios Espirituales?. El cura Brochero lo buscó por el camino del corazón que es el de la intimidad y el de la generosidad. Así lo ganó y se lo entregó a Dios. El Cura Brochero se adaptó a su gente, la comprendió, la amó y terminó por transformarla. 

El Padre Brochero es “fervor

(Mt. 9, 35-38; 2Cor. 5, 11-21) 

  1. Amor personal a Jesucristo

 

     El Padre Brochero es “fervor”.

     El ardor misionero ha sido una de las señas de identidad de José  Gabriel Brochero, distinguida por la propagación de la fe y la creatividad constante en los diversos ministerios de la Palabra. Sobre sale en su camino misionero una santa audacia, una cierta “agresividad apostólica” (parresía) al mejor estilo de San Pablo o de San Francisco Javier.

     Pero este accionar tiene una fuente y es un profundo amor personal a Jesucristo, que es la búsqueda y adhesión a la voluntad divina para lo cual cultivó a lo largo de su vida un profundo y vivo amor a la Palabra de Dios, haciendo de ella el elemento esencial de su vida creyente. El Cura Brochero tuvo una gran familiaridad personal con la persona de Jesús a través de su Palabra, conocía a fondo las Escrituras hasta el punto de retener firmemente en su memoria los textos sagrados. Sobre ello abundan los testimonios como aquel que dice:

     “Por lo que yo pude observar – afirma Benjamín Galíndez – durante las noches rezaba continuamente, incluso me despertaba para hacerme participar sus reflexiones y pensamientos piadosos, comúnmente referentes al Evangelio… Vivía según su fe… Durmiendo en la mísera habitación, separado por un biombo, me despertaba para leerme algún pasaje y hacerme el correspondiente comentario” (Summ. B. Galíndez, 10.13).

     El Padre Brochero acogió la sagrada escritura con verdadera actitud de discípulo. La fuerza transformadora de la Palabra del Señor le ayudo a descubrir y aceptar, en todas las cosas, la voluntad de Dios:

     “… la gente se lamentaba de su mal (la lepra) y él dijo que estaba mejor para meditar piadosamente en las cosas de nuestro Señor. En esa oportunidad dijo: qué cosa maravillosa habría sido oír de labios de nuestro Señor el Sermón de la Montaña que nosotros después de haberlo de recibido de segunda o tercera mano nos llega tanto que los mismos Apóstoles fueron tranquilamente a la muerte después de haber oído el Sermón de la Montaña y que no tenían otra felicidad” (Summ. C. H. Rodríguez, 20).

     El amor personal a Jesucristo es lo primero que se distingue en el Cura Brochero. Un amor, que por su naturaleza tiende a manifestarse y comunicarse en forma de ayuda a las almas, en el celo por ayudar a que otras disfruten y se enriquezcan con este conocimiento de Jesús.

     Este amor a Jesucristo impregna de tal manera la vida de Brochero que su actuación es un resplandor que irradia de Cristo.

     El celo misionero, su ardor apostólico y una predicación descarada de Jesucristo, sin ambages ni vergüenzas ni complejos ni timideces ni pudores son un llamado a salir de cierta apatía fruto de quedarnos en aquello de “si siempre se hizo así” o aquello otro  de que “la gente ya no responde como antes”, y es, sin duda, para sonrojo nuestro.

     Por eso un primer elemento de una “cultura brocheriana”, si se me permite el término es el fervor ardiente y misionero, elocuente y contagioso, que procede del contacto íntimo, sobrecogido, agradecido y entusiasta con el Señor Jesús, con el Corazón abierto y sangriento, traspasado de amor herido que sana y reconcilia un mundo roto. 

  1. Compasión con los “crucificados” de la historia

 

     Precisamente el amor de Cristo crucificado y humillado y la contemplación de su corazón traspasado nos contagian el modo de estar en la historia y de cumplir su misión Cristo nuestro Señor.

     El Padre Brochero que abrevó su espiritualidad en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio aprendió en la Contemplación de la Encarnación (EE 101) a mirar el mundo con los ojos compasivos de Jesús.

     Son estos ojos, lúcidos antes los sufrimientos del mundo, de los pobres, de los sin voz, de los olvidados, los que nos contagian su mirada al mundo. Es su corazón, rebosante de misericordia, hasta derramar toda su sangre, el que nos impulsa a desgastarnos en la reconciliación de los hombres con Dios. Es su suerte en la cruz, condenado injustamente la que nos recuerda incesantemente tantas condenas injustas, tantas privaciones, tantas vejaciones, tanto dolor y tanta injusticia. De ahí que pertenezca a la lectura cristológica de la vida del Padre Brochero, a su modo de situarse antes los conflictos que acontecen en el mundo, a la concepción de fondo de su misión y a la inspiración directa de su ministerio sacerdotal articularlo todo desde los ojos y las entrañas misericordiosas de aquel que dio su vida por la vida del mundo.

     Así  pues, un segundo elemento de una “cultura brocheriana consiste en la inspiración de nuestros apostolados desde el afecto, el interés y la compasión por los golpeados por el sufrimiento, la pobreza y la injusticia.

     El P. Antonio Aznar S.J. refiere entre muchísimos testimonios que el Padre Brochero “visitaba a los pobres y enfermos… Expuso su vida y dejó su vida por ellos, bien puede decirse un mártir de la caridad. Atendía deferentemente a todos, incluso a pesar de que sabía que algún feligrés amigo y enfermo de lepra – como un tal Molina – lo atendía, le hacia la higiene, tomaba mate y se cree que de allí contrajo la terrible enfermedad… La gente amiga le decía que no frecuentara a ese enfermo de lepra y entonces el Padre Brochero le decía: “¿Y el alma no importa nada?” Hacía caso omiso de las precauciones que sus feligreses le pedían y seguía atendiendo a los enfermos leprosos” (Summ. P. A. Aznar, 81-82)

     Y todo esto acompañado por nuestra Señora la Virgen, “Mi Purísima”, central en su piedad y oración y consecuentemente, enseñando a otros a vivir en contacto cercano con aquella que se caracteriza en la historia de la salvación por haber pronunciado el sí más rotundo al plan de Dios. Nuestra Señora, toda ella consagrada al plan de Dios y al servicio de la misión de Cristo, su Hijo, es madre de todos de nuestros apostolados y servicios evangélicos. 

  1. Una estructura mistagógica

 

     El futuro de la fe cristiana pertenece a aquellos grupos que sean capaces de guiar, acompañar y conducir al encuentro con Dios.

     Los gestos sacerdotales del Padre Brochero procedían del amor de Cristo Pastor que sale al encuentro del hombre descarriado para conducirlo al Reino:

     “Vivía en el Curato de Soto un señor de mala vida, hombre reacio y de averías. Un día llegó por allí el Padre Brochero de visita a la casa del Cura de Soto, cosa que hacía de vez en cuando y siempre trataba de conversar con la gente y de hacerse amigo. Así fue que llegó a la casa de este señor, que el testigo no recuerda su nombre, y se fue haciendo amigo. El mismo Cura de Soto le decía que no fuese porque no sabía qué clase de hombre era el señor de referencia, y también los mismos vecinos le informaron de la misma  manera, pero Brochero hizo caso omiso de los decires de la gente y de la misma opinión del Cura Párroco del lugar y en poco tiempo nomás conquistó al hombre de vida irregular, se hizo amigo y lo trajo a Ejercicios.

     Al poco tiempo, también trajo a la mujer que vivía con él, la hizo que practicara los Santos Ejercicios, después los casó, y fueron en adelante ejemplares cristianos. A los que le reprocharon su conducta de llegarse a esa clase de gente, el Padre Brochero contestaba: “La culpa la tiene nuestro Señor, que Él obró de la misma manera y paraba en la casa de los pecadores para atraerlos a su Reino” (Summ. J. Z. F. Charras, 198).

     No cabe duda que uno de los elementos más típicos del acción misionera del Cura Brochero y que aún perdura ha sido el empleo de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: fueron el arma apostólica principal del “Párroco Misionero”. Es en ellos donde el ejercitante aprende que el Señor que sabe dar buenos dones a sus hijos nos impulsa a pedir y a buscar. Es la oración que se expresa mejor con gemidos que con palabras, más con el llanto que con los labios. Por eso, recibiremos con más abundancia si creemos con más confianza y esperamos con más firmeza y deseamos con más ardor.

     En los años sesenta escuché, más de una vez, decir al P. Antonio Aznar que el estilo pastoral del Cura Brochero y los distintos misioneros que lo ayudaban en las tandas de Ejercicios estaba particularmente marcada por aquella anotación ignaciana que dice: “que el mismo Criador y Señor se comunique a la su ánima devota abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor que podrá servirle adelante” (EE 15).

     Precisamente aquí residía la fuerza de los Ejercicios Espirituales al estilo brocheriano en que propagaba la inmediatez del encuentro con Dios. Los Ejercicios son un instrumento apostólico privilegiado, pues se trata, en el fondo, de una pedagogía de la experiencia espiritual. Los Ejercicios, dicho con otras palabras, son un instrumento mistagógico: un manual de mistagogía cristiana.

     Por eso, un tercer elemento de una “cultura brocheriana, fiel a su tradición, radica en una estructura mistagógica, que conduzca y ayude al encuentro personal y profundo con Dios.

     Quienes están en contacto con esta “gracia” histórica, plasmada en el “monumento” de la Casa de Ejercicios en la hoy Villa Cura Brochero, muy probablemente podrán llegar a un encuentro personal, íntimo, fuerte y subyugador con Jesús, el Eterno Señor de todas las cosas.